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Apuntes sobre "Los fantasmas de mi vida. Escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos", de Mark Fisher.

PARTE 04. DEPRESION Y RESENTIMIENTO DE CLASE

04.2 POLITICAS DE LA DES-IDENTIDAD
“Steven Shaviro dice que “en el lugar de tratar de complacer a todas las demografías, [la película] identifica al Estado de vigilancia -profundamente imperialista, ultra-’patriótico’, homofóbico y religioso- como la fuente de opresión”. ¿Pero eso no es precisamente “complacer a todas las demografías”? Pocos fascistas homofóbicos se identificarán a sí mismos como tales, y es difícil imaginar a alguien que simpatice con el quejoso Alto Canciller interpretado por John Hurt (que no cesa de echar espuma por la boca), mucho menos alguien que lo vote. El fascismo posmoderno es un fascismo negado (así, un panfleto del Partido Nacional Británico que apareció bajo mi puerta cuando vivía en Bromley incluía la fotografía de un simpático niño sonriendo junto al eslogan: “Mi papi no es un fascista”), tanto como la homofobia sobrevive hoy como una homofobia negada. La estrategia es rechazar la identificación prosiguiendo con el programa político. “Por supuesto que deploramos el fascismo y la homofobia, pero…” El gobierno de los Wachowski prohíbe el Corán, pero eso es lo último que Blair o Bush harían; no, ellos alabarán el Islam como “una gran religión de paz” mientras bombardean a los musulmanes. (p266) De modo similar, la incompetencia lingüística de Bush, lejos de ser un impedimento para su éxito, ha sido crucial para alcanzarlo, ya que le ha permitido presentarse como un “hombre del pueblo”, ocultado su privilegiada formación en Harvard y Yale. Es significativo, en efecto, que la clase no sea mencionada en todo el film. Como Fredric Jameson irónicamente señala en “La carta robada de Marx”, no es “de extrañar que el sistema tenga intereses creados en distorsionar las categorías con las que pensamos la clase y en poner en primer termino las actuales conceptualidades rivales de género y raza, que resultan mucho más adaptables a soluciones ideales puramente liberales (en otras palabras, a soluciones que satisfacen las exigencias de la ideología, dando por sentado que en la visa social concreta, los problemas siguen siendo igualmente irresolubles)”. (p266-267) Esta dimensión ontológica es lo que está faltando en el modelo populista del progresismo, en el que las masas no pueden aparecer sino como ingenuas, engañadas por las mentiras de la elite pero listas para producir el cambio en el momento en que se den cuenta de la verdad. La realidad, por supuesto, es que las “masas” tienen pocas ilusiones respecto a la elite dominante (si alguien es crédulo sobre los políticos y el “parlamentarismo capitalista” es la clase media). El Sujeto que “se supone no sabe” es una figura de las fantasías populistas más aún, el sujeto incauto que espera por la iluminación fáctica es el presupuesto sobre el que descansa el populismo progresista. Si la tarea política más crucial es ilustrar a las masas sobre la venalidad de la clase dominante, entonces el modo discursivo predilecto será la denuncia. Sin embargo, este esquema repite más que desafía la lógica del orden liberal; no es un accidente que os periódicos fomenten el mismo modo de denuncia. Los ataques a los políticos tienden a reforzar la atmósfera de cinismo difuso de la que se alimenta el realismo capitalista. Lo que se necesita no es más evidencia empírica de los males de la clase dominante sino que la clase subordinada se convenza de que lo que piensa o dice importa; de que ellos son los únicos agentes efectivos del cambio. (p267-268) El poder de clase ha dependido siempre de un tipo de impotencia reflexiva; mientras que las creencias de la clase subordinada sobre su propia incapacidad para actuar refuerzan esa misma condición. Por su puesto que sería grotesco culpar a a clase subordinada por su sometimiento; pero ignorar el rol que su complicidad con el orden existente juega en ese circuito autocumplido equivaldría, irónicamente, a negar su poder. (p268) Hay un sentido entonces, en el que la inferioridad es menos conciencia de clase que inconciencia de clase; tiene menos que ver con la experiencia que con una precondición irreflexiva de la experiencia. (p269) Pensar que uno es capaz de tener un trabajo “profesional”, por ejemplo, requiere de un cambio de perspectiva traumático, y si hay crisis de confianza o ataques nerviosos a menudo son consecuencia de las reafirmaciones intermitentes del programa central. (p270) Las obras tienen que ser leídas en cambio contra la clase-como-etnicidad y a favor de la clase-como-estructura; en todo caso, coo ellas dejan en claro, las maquinaciones ocultas de la estructura social producen las etnicidades visibles del lenguaje, los comportamientos y las expectativas culturales. (p270) En primer lugar, ¿por qué es diferente el grado de compromiso político de los adolescentes británicos y los franceses? La respuesta es sencilla: los estudiantes franceses todavía están mucho más inmersos en un marco fordista/disciplinario que los estudiantes británicos. Tanto en la educación como en el empleo, las estructuras disciplinarias sobreviven en Francia, proveyendo un cierto contraste, y una resistencia, a la matrix del placer digital. (Sin embargo, por razones que exploraré más profundamente en breve, esto no es necesariamente lo mejor.) La segunda pregunta que surge es: ¿hablar de “impotencia reflexiva” no refuerza el mismo nihilismo interpasivo que supuestamente condena? Diría que sucede exactamente lo contrario. Hay muy buenas razones spinozistas y althusserianas para ello: ver la red de causas y efectos en la que estaos encadenados ya implica libertad. Al contrario, lo que sí genera pasividad y resignación es el popismo de la cultura oficial, siempre exhortándonos a estar excitados por el último producto cultural, a la vez sombrío y resplandeciente, y hostigándonos porque no conseguimos ser lo suficientemente positivos. Un cierto “deleuzianismo vulgar”, una prédica contra todo tipo de negatividad, provee la teología de esta excitación forzosa, evangelizándonos sobre los infinitos placeres que estarían disponibles si tan solo consumiéramos un poco más. Pero lo que realmente es inspirador -tanto en la política como en la cultura popular- es la capacidad de aniquilar las condiciones presentes. La consigna nihilista no es “las cosas van bien, no han necesidad de cambiar nada” ni “las cosas van mal, no pueden cambiar”, sino “las cosas van mal, por lo tanto deben cambiar”. (p271) El programa liberal se articula no solo a partir de la lógica de los derechos, sino también, centralmente, a partir de la noción de identidad... (p271) Así se muestra claramente las políticas de identidad liberales y las políticas de des-identidad proletarias. Las políticas de identidad buscan respeto y reconocimiento de la clase dominante; las políticas de la des-identidad buscan la disolución del mismo aparato clasificatorio. (p271) El depresivo, completamente dislocado del mundo, está en una mejor posición para experimentar la destitución subjetiva que alguien que piensa que en el orden actual hay algún tipo de hogar que todavía puede ser preservado y defendido. Ya sea en la clínica psiquiátrica, o en sus propios ambientes domésticos pero arrojados al olvido y convertidos en zombies por los medicamentos, los millones que han sufrido daños mentales bajo el capitalismo -tanto los robots fordistas que se encuentran fuera de servicio y que ahora viven de los subsidios por incapacidad, como el ejército de reserva de los desempleados que nunca ha trabajado- bien podrían transformarse en la próxima clase revolucionaria. Realmente no tienen nada que perder… (p271)
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04.3 ¡VIVA EL RESENTIMIENTO!
Una cosa que me gustaría intentar es reapropiar la noción de “resentimiento” de lo que podría ser una acción miserabilista basada en el uno contra uno. La bizarra paz social de la Londres brasilificada, un lugar donde el crimen de pobres contra pobres ocurre a escasa distancia de los enclaves de los súper ricos, se basa en el declive de una particular forma de resentimiento: en lugar de despreciar, resistir o directamente odiar a los ricos que están entre ellos, se vuelven invisibles o se aspira a ser como ellos. El resentimiento es la fuerza que se rehúsa a dejar que las heridas sanen, que recuerda las viejas derrotas para algún día poder vengarse. En términos populares, es la delirante lucha de clases de la canción de Pulp “I Spy”; en términos políticos, se trata de la nueva revolución como un fantasmagórico regreso a la antigua. (p273) Reivindicar un cierto tipo de resentimiento no tiene por qué ser una maniobra antinitzscheana. Nietzsche, después de todo, no denunciaba el resentimiento per se, sino más bien el resentimiento negado. La culpa del esclavo es su mala sublimación de ese resentimiento; en lugar de admitir que codicia el poder y la fuerza de su ao, el esclavo pretende (para sí mismo) que es mejor ser pacificado, condenado. Un resentimiento que indujera al esclavo a levantarse y superar al amo ya no pertenecería a la moral escava. (p274) Un resentimiento que llevara solo a la inacción quejosa es ciertamente la definición misma de una pasión inútil. (p274) El resentimiento al privilegio y a la injusticia es en muchos casos el primer paso hacia la confrontación de los sentimientos de inferioridad introyectados y dados por sentado. (p274) La voluntad de volverse más (“No soy nada y debería serlo todo”) se convierte en una defensa de lo que uno ya es. (p275) >Tomemos por ejemplo el popismo. Hay una dimensión de clase muy definida en mi rechazo al popismo. El popismo pareciera implicar la reelaboración de un set de complejos de la clase dominante: una señora de alta sociedad que se permite disfrutar de placeres prohibidos. “Debería gustarnos la música clásica, ¡pero a nosotros nos encanta el pop!” Para aquellos que no fuimos criados en la alta cultura, el llamado del popismo a mostrarse siempre tan entusiastas frente a la cultura de masas es bastante similar a que te digan (tus superiores de clase, por supuesto) que te contentes con tu lote. A partir de esta reelaboración de sus propios resentimientos, lo que el popismo nos quita es nada más y nada menos que el derecho de las clases subordinadas a sentir resentimiento. Por contraste, la importancia de alguien como Dennis Potter o algo como el postpunk, fue que estos dieron acceso a aspectos de la alta cultura en un espacio que deslegitimaba la exclusividad y el privilegio de la alta cultura. El espacio utópico que abrieron era uno en el cual la ambición no tenía por qué terminar en la asimilación, donde la cultura de masas podía tener toda la sofisticación e inteligencia de la alta cultura: un espacio que apuntaba a acabar con la presente estructura de clase, no a invertirla. (p276-277)

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